El tahúr 

por Daniel Isaacs

Escribir algo medianamente convincente sobre el trabajo de un artista es un imposible, de modo que acepto la incapacidad que de entrada me propone este ejercicio. Lo es por varios motivos, pero sobre todo porque el lenguaje de la palabra puede producir emoción en sí mismo, pero es incapaz de transmitir de una manera verosímil la emoción de otro arte. No nos enredemos, quiero decir que no seré capaz de transcribir en este papel las vibraciones que me produce el trabajo pictórico de este italiano afincado en la ciudad de los Condes llamado Gianfranco La Cognata. Y no hacerlo no significa que no pueda entrar por otra vía. Me ahorro el incómodo intento y escojo la más obvia: participar del microcosmos en el que se cuece el caldo de esta obra paciente, inteligente e inmensamente rica.

Llegó al mundo de la pintura cuando ya se habían ido muchos por otros derroteros de la multimedia: video, fotografía, instalación... Se aproximó al baile con la humildad que le caracteriza, pero con el descaro del torero, cuando la orquesta se retiraba después de una noche larga. Pero sabía que había fiesta para rato, que ni mucho menos estaba todo dicho. Mira que después de Rembrandt es muy complicado atreverse con el ánima humana, con el profundo laberinto en el que la intimidad se manifiesta; porque es ahí, en ese punto equidistante entre lo real y lo imaginado, entre lo anecdótico y lo conceptual, donde ha venido a sentarse este siciliano. Un pájaro sobre la hierba como diría Le Courbusier. Así le vemos, en cualquier rincón, ya sea en el bar de la esquina, en la escuela de aprendices o entre las suegras o tías del barrio, pero siempre erguido, atento y profundamente concentrado. Es el único artista que conozco que puede reír frente al modelo como si le dijera «espérate que ya te tengo». Trabaja con el ojo de un águila y la mano de un tahúr cuyos lápices de colores, carboncillos, pinceles y brochas nadie le enseñó a utilizar; como un cirujano en la disección de su pieza, llega al meollo de la cuestión tan rápido que asusta. A Gianfranco los temas hace tiempo que le importan poco, o nada quizás. Todo lo que se pueda ver, se puede re-presentar, es susceptible a ser atrapado por su red infalible. Un ojo camaleónico, casi mecánico que hoy es mordaz, mañana ácido, pasado cómico... Ahí radica el concepto muy bien cimentado de su propuesta.

Gianfranco le dijo hola al Arte, o Ciao, en su caso porque se quería meter en él. Al principio fue como el niño que toca con la punta del pie en el agua para comprobar su temperatura, después se lanzó a plenitud, sin complejos, con el único límite de su propia capacidad, pero convencido de que ese era su elemento desde el mismo día en el que fue un ser consciente.

Ahora que nos vemos con menos frecuencia puedo apreciar sus cambios con mayor claridad; en pocos años ha dejado atrás todo aquello que le pudiese impedir dedicarse con rotundidad a pintar y ha emprendido el camino del no retorno en el que el oficio mismo es la razón de la vida. Viendo el conjunto de esta valiente apuesta me doy gracias por tener el privilegio de estar tan cerca de ella y de su padre.

Daniel Isaacs

(San Michelle di Pagana, Italia.)